¿Encadenados por propia voluntad?

32273-fotografia-g Amaury E. del Valle

Érase una vez un Lord inglés encarcelado por Felipe II (1527-1598) en calurosas mazmorras, para cuya liberación se solicitaba, mediante carta personal y dramática, un donativo a cambio de una generosa recompensa de su acaudalada familia.

Érase también un noble español encerrado entre rejas en Túnez por los moros, cuya vida corría peligro si igualmente, carta mediante solicitándolo, no se ofrecía ayuda monetaria para su rescate.

Érase además, en los tiempos modernos, un nigeriano que, injustamente despojado de una cuantiosa fortuna, pide ayuda mediante correo electrónico para pagar a los abogados, prometiendo a cambio compartir después parte de su riqueza.

Las tres historias, que han atrapado a decenas de miles de incautos a lo largo de los siglos, son variantes diferentes del conocido «timo del prisionero español», una de las más antiguas formas de estafa a través de la correspondencia, sea física en tiempos medievales o virtual en nuestros días.

Más conocidas por su manera de difusión a través de «cartas-cadena», en las que se le pide al destinatario reenviárselas a cuantos contactos tenga, esta plaga es hoy una de las que más daño causa en las redes informáticas, y a su vez una importante forma de apropiarse de datos ajenos.

Ya sea mediante peticiones de dinero para caídos en desgracia, sugiriendo hacer algo para asegurarse la buena fortuna, o simplemente con imágenes espectaculares o curiosas, el fin supremo de las cartas-cadena es hacerse con datos de los usuarios, especialmente de sus correos electrónicos, para después venderlos a quienes se dedican a enviar información comercial no deseada o también, como se le conoce en el argot de las ciberredes: spam.

Amistad sospechosa

En los últimos meses muchos usuarios de redes sociales, especialmente de Facebook, una de las más famosas del mundo, se han visto bombardeados por supuestas peticiones de «amistad» de personas desconocidas, algunas de ellas incluso que hablan un español mal traducido de otra lengua.

En mi caso personal, por ejemplo, me han llegado casi una decena de estas «peticiones», las cuales en realidad no son más que una nueva expresión del viejo fenómeno de las cartas-cadena, ahora con una visualidad totalmente nueva.

Se trata de una estrategia de «acarreo digital» en las redes sociales, donde se crean identidades falsas, tras las cuales a veces solo hay un nombre, y en el mejor de los casos un par de fotos tomadas al azar de Internet, y aderezadas con unos pocos datos.

Con esta identidad fantasma se comienzan a enviar solicitudes de amistad a cuanto usuario de Facebook se encuentre, incluso de forma automática utilizando programas informáticos para ello, con el fin de recopilar bases de personas con identidades reales, las cuales después son vendidas a empresas y entidades interesadas en usar la red social como una plataforma comercial.

Lo curioso es que muchos, desconociendo las verdaderas intenciones que hay detrás, aceptan estas aparentemente desinteresadas propuestas de amistad, con lo cual están «regalando» los datos que guardan en su perfil, incluyendo la información de índole personal que hayan publicado en este.

Spam muy indigesto

Aunque la leyenda del prisionero inglés o español haya pasado a la historia, y pocos crean ya en el archiconocido «timo del nigeriano», lo cierto es que las cartas-cadena siguen pululando en las redes informáticas, ahora con nuevas modalidades en los espacios de socialización virtual más concurridos.

Muchos países han intentado frenar este mal, e incluso han adoptado drásticas medidas contra los spammers, aquellos que se aprovechan de las direcciones electrónicas expuestas para luego venderlas o enviar al por mayor información comercial no deseada.

Ahora algunos comienzan a repensar el fenómeno desde la perspectiva de su nueva manifestación en las redes sociales, donde ha ido creciendo desmesuradamente en tan solo unos pocos años.

Otra arista de esta «correspondencia no deseada» también ha comenzado a manifestarse en muchas regiones, y Cuba no está exenta: los anuncios comerciales o promocionales no deseados usando diferentes vías de comunicación móvil, especialmente los mensajes cortos de texto (SMS, por sus siglas en inglés).

En este caso el modus operandi es muy similar, ya que se trata de recopilar por múltiples vías los números de teléfono para después «fabricar» bases de datos y venderlas a quien esté interesado en enviar el anuncio, o en su defecto proponerle este servicio.

Como mismo sucede con la correspondencia digital no deseada, en el caso de los SMS spam también quienes los envían están transgrediendo la privacidad de las personas, al utilizar su número telefónico móvil sin su consentimiento expreso en la mayoría de las ocasiones.

Informado sí, saturado no

Sancionar a quienes envían comunicaciones no deseadas, ya sea por la vía del correo electrónico, a través de las redes sociales o por mensajes a los móviles, no es una tarea muy fácil.

En primer lugar, la misma internacionalización de las comunicaciones implica que estos delitos muchas veces transgredan las fronteras nacionales, por lo cual se convierte en un debate jurídico qué ley aplicarle, y de qué país, cuando raramente es atrapado uno de estos spammers.

A su vez, al usar servidores de empresas, estas se ven involucradas en el fenómeno, por lo cual muchos proveedores de correo electrónico como Gmail, Yahoo, Outlook y otros han debido adoptar políticas muy estrictas, entre esas las de «filtrar» aquellos correos que vienen con demasiados destinatarios.

Otra arista más complicada es la falta de legislaciones vigentes y actualizadas para sancionar el tema, como sucede en muchos países, incluida Cuba, donde existe cierto vacío legal sobre el tema.

Aunque incluso en el Código Penal delitos como la violación o falsificación de correspondencia están tipificados como violaciones, no sucede lo mismo con el envío masivo de esta, especialmente si no es deseada, algo que además comienza a hacerse frecuente en la Isla.

Si bien está en manos de las empresas de comunicaciones, ya sean Etecsa o Correos de Cuba, establecer políticas para que esto no suceda, tanto en el mundo de las comunicaciones convencionales, como en las electrónicas y celulares, a la luz de los cambios que vive el país sería oportuna una nueva mirada sobre el tema.

No se trata de tirar el sofá por la ventana y estigmatizar las acciones promocionales y de relaciones públicas, que en general se necesitan, tanto por los actores económicos estatales como no estatales, sino de ordenar y regular el tema para evitar que sufran innecesariamente los consumidores, quienes tienen derecho a estar informados, pero también a no ser saturados e incluso hostigados por la publicidad.

No obstante, lo más importante siempre será la cultura que ganemos todos en el uso de las telecomunicaciones, pues al final ya sea facilitando a otros nuestros datos privados o dando un click a reenviar sin antes pensar en las consecuencias, somos nosotros mismos muchas veces quienes nos encadenamos a las cartas-cadena.

(Tomado de Juventud Rebelde)

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Un pensamiento en “¿Encadenados por propia voluntad?”

  1. Hoy en día por desconocimiento caemos en el error, de dar información importante, cuentas bancarias, aunque no es algo nuevo ya que se remontan a los años 1527, cuando se usó por primera vez este tipo de engaño. Con el desarrollo de la tecnología, también se ha desarrollado esta forma de engaño, ahora mediante la Internet.
    La ingeniería social (nombre informático para este tipo de engaño), es la habilidad de obtener información privada, para obtener accesos o privilegios en sistemas informáticos. Está basada en el principio de que “los usuarios son los más vulnerables”. Muchas veces damos por Internet informaciones personales tales como estado financiero, contraseña, tarjetas de crédito, etc. La ingeniería social también se aplica al acto de manipulación cara a cara para obtener acceso a los sistemas informáticos.
    La principal defensa contra la ingeniería social es educar y entrenar a los usuarios en el uso de políticas de seguridad y asegurarse de que estas sean seguidas.

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