Los “juguetes” del siglo XXI

juguetes del siglo xxiPor: Yaditza del Sol González / Granma

Hablaban de X-box, Ipod y tablets; en ocasiones, describían lo emocionante de las películas en 3D o enumeraban los trucos para pasar de nivel en algún videojuego. La conversación se tornaba más interesante al descubrir que los “versados” en el ámbito de soportes digitales, aún vestían pañoleta roja y cargaban mochilas sobre sus hombros.

La escena me trasladó inmediatamente a Habanastation, aquel fil­me de Ian Padrón que, además de reflejarnos el ideal de entretenimiento según el catalejo de dos niños con posición económica diferentes, también nos acercó a una innegable realidad: la atracción que sienten los menores por las nuevas tecnologías.

Dicen que los bebés de ahora son más inteligentes, que nacen con los ojos abiertos y que antes de aprender a escribir o leer ya adoptan ciertos comportamientos y habilidades que antes solo pertenecían al mundo de los adultos. ¿Qué padre o abuelo no se ha sentido alguna vez como el hombre de las cavernas ante la facilidad con que el pequeño de casa domina el funcionamiento de una computadora?

Ni se trata de coeficiente intelectual o niveles de destreza, sencillamente las generaciones del siglo XXI tienen formas y vías diferentes de comunicarse. Desde edades tempranas, los niños conviven con equipos tecnológicos de modo que es­tos llegan a cons­tituir una parte natural y atractiva de su entorno.

Incluso, muchos padres se sienten tranquilos sabiendo que sus hijos están en casa y no correteando en la calle, aunque ello signifique estar frente a una pantalla. El problema está en el exceso, en que los menores dejen de hacer cosas importantes para su desarrollo físico y social por permanecer abstraídos horas y horas frente al televisor.

¿Acaso quedaron atrás aquellos años en que los infantes se conformaban con pasar la tarde jugando al “cogío” o inventándose en las profesiones de doctor o maestra, y su felicidad no dependía de la presencia de un dispositivo electrónico?

Aunque en Cuba los índices de conectividad a Internet, contratos de telefonía móvil o acceso a ordenadores personales (PC) se quedan por debajo de la real demanda y necesidad de la población, debido a múltiples causas, la presencia as­cen­dente de la cultura digital en nuestras vidas es una acción indetenible.

Los juguetes tradicionales se enfrentan de a poco a un nuevo participante que pareciera robarles el tiempo a los niños y volverlos “adictos” a su compañía, mientras que los libros y las tareas pasan al plano secundario de: “más tarde, cuando me gane este videojuego”.

Sin embargo, la cuestión no radica en prohibir o endiosar el uso de estas tecnologías, sino de aprovechar sus beneficios a través de una mirada crítica que nos permita discernir qué contenidos son apropiados para los menores como audiencia.
Todas las personas e instituciones que de una forma u otra participan en su educación deben ser conscientes que este consumo va más allá de los hábitos, que es también un proceso donde el pequeño se apropia de determinados juicios —para bien o para mal— y los pone en evidencia, ya sea en el hogar o en la escuela.

De ahí, que la oportuna vigilancia y orientación nunca estarán de sobra. Hay que cuidar que las nuevas tecnologías no solo sean vistas como una fuente de ocio y recreación, sino también como respuesta para fomentar la creatividad y am­pliar nuestros conocimientos.

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