El tweet maldito

twitterPor: Enrique Dans/ Tomado de su blog personal

 

Este tweet que aparece en la ilustración ha costado 7.400 millones de dólares, el 18% del valor de una empresa. Y la empresa afectada, para hacerlo más paradójico aún… ha sido Twitter.

Ayer día 28 de abril, un rato antes de la presentación oficial de los resultados del primer trimestre de 2015, un problema que la empresa achaca a la operativa del NYSE hizo aparecer en la página de información a los accionistas de la compañía las cifras que iban a ser anunciadas, y que reflejaban un pequeño descenso de la facturación con respecto a las previsiones iniciales ($436 millones frente a los esperados $456). En realidad, el descenso con respecto a las estimaciones iba acompañado por un crecimiento de usuarios en línea con las expectativas y unas ganancias por acción superiores a las esperadas ($0,07 frente a $0,04), lo que habría mitigado en parte el mal resultado. De haberse quedado ahí, muy pocos lo habrían visto, el anuncio habría tenido lugar a la hora prevista, y aunque con seguridad hubiese dado lugar a una cierta caída en el valor de la acción, nada habría hecho suponer un descalabro semejante.

Sin embargo, una empresa de análisis, Selerity, descubrió esos números y los publicó inmediatamente en su cuenta de Twitter, adelantándose a la comunicación oficial. El resultado de ese anuncio irregular hecho “sin más”, sin ningún tipo de explicaciones adicionales que lo matizasen, fue una caída brutal que llevó incluso al NYSE a interrumpir la cotización de las acciones de la compañía, mientras esta investigaba las supuestas causas de un leak que en ningún momento había sido tal. El peor de los escenarios, que da lugar al peor de los desenlaces.

La paradoja es evidente: hoy, la información se mueve al ritmo que marca Twitter. Un simple tweet es capaz de generar una catástrofe financiera, como aquel producto de un hackeo en 2013 que hizo caer en picado todos los mercados, o destrozar la carrera de un directivo. Pero ese mismo tweet que es capaz de cambiar el curso de los mercados, levanta dudas sobre la viabilidad financiera de la empresa que lo hace posible, y sobre todo, permite el acceso a información en pildorazos, sin prácticamente matices posibles, o sin contexto de ningún tipo.

No soy inversor ni me dedico a la información financiera, pero las perspectivas de Twitter a largo plazo me generan muy pocas dudas: la empresa crece a pesar de ser un producto que no es “para todos los públicos” y al que a muchos les cuesta encontrar la propuesta de valor, la propuesta de herramientas publicitarias para el anunciante me parece que se desarrolla de la manera adecuada considerando lo difícil que es compaginar una buena experiencia de cliente con los intereses de los anunciantes, y la posición que la compañía está consiguiendo en el mundo de vídeo y el livestreaming es más que interesante. Pero por otro lado, lo que antes era competir contra los medios clásicos y, como mucho, Google y Facebook, ahora se convierte en un escenario en el que actores como Instagram o Snapchat pugnan – y con notable acierto – por hacerse un hueco en torno a ese nuevo concepto ideal de la publicidad que los usuarios no “soportan”, sino que incluso “disfrutan”. Un escenario que aún cuesta evaluar de la manera adecuada si uno vive fuera de los Estados Unidos, pero que sin duda tiene una proyección muy fuerte de cara a un futuro definido en gran medida por los gustos de las generaciones más jóvenes.

Nadie dice que Twitter lo vaya a tener fácil, aunque por lo general se tienda a creer que existe algún tipo de justicia kármica o divina que lleva a a que aquellas herramientas que generan un valor elevado a sus usuarios – hoy, millones de personas se informan en Twitter antes que en ningún otro medio de comunicación – tiendan a terminar siendo capaces de capitalizar una parte de ese valor. Pero eso, de nuevo, no supone ningún tipo de derecho divino, sino como mucho una “tendencia histórica”. Y de hoy, no nos quedamos con las hipótesis sobre el valor futuro de Twitter, sino con la gran paradoja que supone haber creado una herramienta para que, unos años más tarde, sea esa herramienta la que, en menos de ciento cuarenta caracteres, fulmine en cuestión de minutos casi una quinta parte del valor de tu compañía… decididamente, un tweet maldito.

 

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